Aquí pasó la Guerra...

"Tenia 12 años cuando a la fuerza fui llevada a la base militar con otras mujeres. Los soldados ataron mis manos y pies... me pusieron un trapo en la boca... y procedieron a violarme... no recuerdo cuantos soldados se turnaron en violarme... perdí el conocimiento y brotaba sangre de mi cuerpo. Cuando regrese en si, no pude pararme..." (Sentencia por Genocidio 2014, 514)

Tal pareciera que la historia reciente de Guatemala fue sacada de una trama de ficción, llena de horrores, vejámenes, atrocidades, prácticas fueras del entendimiento y comprensión humana.


Ha pasado un poco más de dos décadas desde la firma de los acuerdos de paz entre la guerrilla y el Estado de Guatemala, una guerra civil que dejó más de 200 mil víctimas asesinadas, desaparecidas, y torturadas. Estas cifras fueron presentadas en el informe “Guatemala: Memoria del silencio” en el año de 1999, por la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), dirigido por la ONU.


Amnistía Internacional presentó un informe indicando que, durante estos 36 años de guerra, cerca de 45 mil personas fueron desaparecidas, triste es escribirlo que entre esta cifra se encuentran cinco mil niñas y niños.


Otro documento que apoya estas cifras y que evidencia aún más a los responsables de los hechos es el informe “Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI)” también conocido como “Guatemala nunca más”, dicho documento indica que más del 90 por ciento de las masacres fueron perpetradas por el Ejército de Guatemala.


Fue una de las guerras más sangrientas que se vivió en Latinoamérica. Las organizaciones sociales deseaban una mejor calidad de vida, pedían respeto a los derechos colectivos e individuales. Sin embargo, las autoridades del Estado, en lugar de escuchar sus demandas, decidieron que lo mejor era asesinar a su propia gente. Sin importar y ni si quiera cuestionarse si sus peticiones eran válidas. Simplemente emprendió una cacería despiadada en contra de toda persona que pensara distinto a lo “que era correcto”.


Marta Elena Casaús Arzú, en su libro “Genocidio: ¿la máxima expresión del racimo en Guatemala?”, describe el desarrollo de la guerra. Narra cómo el Estado, por medio del ejército de Guatemala, asesinó, torturó y violó mujeres. En su gran mayoría esto sucedió en los territorios de los pueblos indígenas.


Está demás mencionar que esas acciones terminaron en masacres. Todo ese derramamiento de sangre pareciera haber sido realizado, muchas veces, por demonios. Los responsables de ejecutar las matanzas cortaron pechos, manos, sacaron niños del vientre de las madres para después matarlos a golpes en las piedras y aún peor, no conformes con esos actos, introducían estacas en las vaginas de las mujeres después de haberlas violado, causando un gran sufrimiento y una muerte por más horrorosa.

Otra evidencia de lo que se ha escrito, pero de una forma visual, es el trabajo de Jean-Marie Simón. Reconocida fotógrafa que documentó el país durante los años más crueles de la guerra. Ella brinda un panorama de cómo era el país durante aquellos años, recorriendo desde la ciudad hasta los pueblos.


Esos archivos visuales exponen la forma cruel en la que el Estado trataba a sus ciudadanos. Se evidencia un desprecio por la vida, desprecio que hasta hoy ejerce con su pueblo, de una manera distinta, pero con las mismas intenciones.


“Granito de arena, cómo atrapar a un dictador” de Pamela Yates, es sin duda alguna la película documental de la guerra que vivió Guatemala. Se enfoca en el periodo del General Efraín Ríos Montt, condenado por genocidio y crímenes de lesa humanidad, sentencia que se mantiene. Sin embargo, algunas personas se aferran en decir que no hubo genocidio. Esto es cuestión de quienes quieren ver pulcritud donde solo existe podredumbre humana, son las mismas personas que aceptan el genocidio judío, pero niegan el que vivió el país.


Si se piensa que el Estado no hizo esto de forma sistemática, que no existía todo un aparato y una organización dedicada a ello basta con consultar el Archivo Histórico de la Policía Nacional. Lugar en donde quedó el registro de los nombres de personas que, en muchas de las ocasiones, fueron perseguidas, asesinadas, desaparecidas o ejecutadas extrajudicialmente. Curioso es que este archivo ahora quiera ser desaparecido, porque sigue siendo una fuente de investigación para quienes piden justicia por los delitos cometidos por las autoridades del país y evidencia a los responsables de estos crímenes, les da un rostro, un nombre y una identidad.


En aras de conmemorar el veinticinco de febrero y con ello el Día Nacional de la Dignificación de las Víctimas del Conflicto Armado Interno. Estamos llamados a dignificar la vida de quienes murieron en la búsqueda de un mejor país y de quienes fueron asesinados por vivir en comunidad. Por todas ellas y ellos se debe continuar exigiendo justicia.


"Los soldados nos capturaron y nos ataron. Nos hicieron marchar hacia Chichupac y luego nos asaltaron. Nos amenazaron y acusaron de ser guerrilleros y violaron a las mujeres. Lo mismo ocurrió en la comunidad de Xesiguán. Violaron a las mujeres de la comunidad mandaron a otras a bases militares [en Rabinal] donde las violaron. Los soldados no tenían respeto a nadie" (Dill 2004).

"Esta vez, los soldados violaron a cinco mujeres y a cinco niñas antes de partir. Sabíamos que teníamos que huir a las montañas para salvar nuestras vidas, pero dos ancianas no pudieron ir con nosotros. El cuerpo de una de las ancianas temblaba mucho y la otra anciana era ciega [así que tuvimos que dejarlas atrás]. Cuando regresamos a la aldea, descubrimos que los soldados las habían matado de una manera salvaje e incomprensible" (Dill 2004).
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